lunes, 22 de septiembre de 2014

La duda (Capítulo XXIV)

Pablo era un buen abogado y el ascenso no se hizo esperar. Su sueldo mejoró, su vida se estabilizó, volvió a entablar una relación de noviazgo con Mía. Si se iban a casar o no, aún no lo decidía. Sin embargo, el vacío se hacía notar, el sabor a nada, el silencio recurrente. Había ocasiones en las que la mente de Pablo divagaba. Mía es bailarina, así que muchas veces Pablo se veía obligado a participar de determinados eventos, y era en esos eventos donde se daba cuenta de lo solo que en realidad se sentía.
Los miércoles era la cena familiar de los Miller Sanz, hacía tiempo que él no participaba tan seguido como después de volver con Mía. Durante las épocas “maxinianas” las costumbres de Pablo habían cambiado, sus miércoles eran “miércoles de papas fritas y series” en el sillón con su compañera de cama, pero desde entonces hasta hoy, los cambios habían sido significativos. Cambios que no eran cambios, sino un regreso a su antigua rutina de “chico bien”.

-Te noto distante, Pablo.- Lo sorprendió en el balcón su padre.
-¡Papá! No, para nada. Es que tengo mucho laburo.
-Supongo que tengo que creerte – resopló Ricardo, mirando el paisaje que dejaba ver la ciudad de noche. Pablo giró la mirada fijándola en su padre.
-¿Dudas de mí, papá?
-Vos dijiste que no estás distraído. Te creo. ¿Por qué no tendría que creerte?
-Te conozco Papá ¿Qué querés saber?
-¿Estás realmente seguro de querer esa relación que tenés con Mía?- Pablo se sintió desnudo ante esa pregunta. Su padre siempre daba en la tecla. Lo conocía incluso mejor que su propia madre.
-No sé- Respondió completamente resignado.
-¡Lo sabía!- Dijo Ricardo, casi en un tono melancólico- Vos no sos feliz con ella. Lo que no entiendo es por qué ella está en tu vida de nuevo. Sabés que no suelo meterme en tus relaciones, pero me preocupa que termines en una relación con alguien que no te hace feliz.
-No, papá. No es que no me haga feliz, es sólo que, no sé, se siente raro, no es lo mismo. Me falta algo.
-Maxi. – Murmuro Ricardo tomando un trago de su café-
-¿Perdón?
-Máxima. Ella te cambió mucho. Te hizo salir de tus estructuras, te hizo ver la vida desde otra perspectiva. Lo sé porque los vi el día del casamiento de Ian.
-¿Qué viste?- Dijo Pablo ahogándose en saliva.
-Vi que la besaste en la mesa. Vi cuando se fueron juntos al jardín y te vi dejarla ahí, sola, porque Mía apareció y no pudiste ver nada más alrededor. 
-Papá, Máxima es homosexual. Sí, hubo algunos besos. Estábamos solos y juntos, qué se yo. No veo por qué eso cambiaría mi vida.
-Te sorprendería todo lo que cambia cuando la mujer de tu vida pasa por ella. No tiene nada que ver que sea homosexual o no. La forma en que se miraban ese día, había algo que los unía, más allá de la soledad, de la compañía, se notaba que se querían. Y lo dejaste por Mía, una mujer que sí, tiene todo lo que siempre habías buscado, pero creo, y es solo mi interpretación, que lo que estás buscando cambió hace un tiempo. Dejame que te lo diga, no es Mía lo que estás buscando ni lo que necesitas en tu vida ahora.
-¿Qué decís, viejo? Mía tiene un laburo fijo, una profesión, estabilidad. También tiene un don para bailar. Ella no lo cree, pero no he visto a nadie moverse como ella-
-No- lo cortó el padre- ¿sabes lo que te pasa? Puede que todavía te caliente, pero no. Hay mil mujeres que se mueven mejor que ella, incluso con más gracia. Que vos no lo puedas ver, es otra cosa. Maxi tiene una profesión mucho más humana, un don para transmitir todo lo que quiere con su violín. Y la vocación de ayudar. Pero basta, que no soy yo el que tiene que buscarte pareja, vos sos lo suficientemente grande para darte cuenta lo que necesitas, lo que querés y lo que te hace bien. Vamos adentro a tomar un whisky. 
Pablo quedó ausente durante toda la noche, pensado en todo lo que le dijo el padre. Todo, pero todo, terminó de abrir una grieta en él

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